Buscador O_O

Mostrando entradas con la etiqueta resumen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta resumen. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de julio de 2013

Las imágenes Guarani-Jesuíticas - Bozidar Darko Sustersic

Bozidar Darko Sustersic Nació en Eslovenia, ex Yugoslavia en el año 1936. En 1948 llegó a la Argentina. Se graduó de licenciado y de doctor en Historia del Arte, en la Facultad de Filosofía y Letras, UBA y, actualmente, dirige la Maestría “Cultura jesuítico guaraní” en la Facultad de Arte, Oberá, Universidad Nacional de Misiones. En 1980 viajó al Paraguay cuando se iniciaban las restauraciones de Trinidad, las que visitó todos los meses. Reunió un amplio archivo fotográfico que dio a conocer en su obra “Imágenes guaraní jesuíticas”. Completó esa investigación en el Archivo General de la Nación Argentina, y en el Archivo Nacional de Asunción.


Para escribir su libro, Sustersic recorrió los paisajes de las Misiones y sus entornos, indagó los maquillajes con que algunas de esas obras fueron llevadas a negar su color natural y su forma genuina. Empleó toda clase de técnicas y creó nuevos instrumentos de análisis para vislumbrar una verdad. A la respuesta técnica y científica, hay que añadirle el encuentro certero e inspirado, la mirada apasionada y cómplice, sin la cual no hay percepción de arte ni identificación con la obra. Sustersic nos da una novedosa tesis de un arte guaraní chamánico que animaría gran parte de la producción de las imágenes guaraní-jesuíticas. También supera los límites geográficos de sus investigaciones ya que no se ciñe a un patrimonio nacional determinado sino que abarca todo el ámbito de la otrora provincia jesuítica. Incluso logra superar los términos conceptuales establecidos por algunos mitos antiguos y fuertemente arraigados en nuestra cultura histórica.


La novedosa tesis sostiene que los sujetos principales de esta historia del arte no son exclusivamente los maestros venidos de Europa. Los verdaderos protagonistas fueron los habitantes autóctonos de la región y no eran simples copistas. Los indígenas son descubiertos por él como los verdaderos creadores no solo de estatuas sino de los estilos que predominaban en los talleres misioneros. Los Análisis estilísticos e iconográficos desarrollados por el autor permiten descubrir y afianzar el papel protagónico del artista guaraní como el auténtico inventor de las formas, diferenciando su arte con los de su tiempo. La metodología de análisis es confrontada y completada con la documentación histórica édita e inédita. Los jesuitas crearon el clima de libertad indispensable para la creación, dieron muestra de respeto y aprecio por las manifestaciones locales, contundente en el ámbito del arte.
 
Por lo expuesto concluimos que los descubrimientos que presenta el Profesor Sustersic y la profundidad de los temas, la tesis marcará necesariamente un antes y un después en el campo de las investigaciones, ya que se presta a las discusiones. Por lo tanto, él mismo sostiene que es necesario que se siga investigando sobre el tema y no dejarse llevar por las antiguas documentaciones de las imágenes guaraní-jesuíticas, que establecen que las mismas son solo simples copias.

sábado, 9 de febrero de 2013

Libros que te harán olvidar el intenso calor del verano

¡¡¡Tanto tiempo!!! Hacia mucho que no entraba a mi cuenta, jejeje... De seguro son de los que no pueden salir de casa por el calor que hace, tanto que prefieren estar en sus piezas, con aire acondicionado, tomando tereré... como sea. Y de seguro no sabrán qué demonios hacer.
Si no salieron de viaje o la ANDE de nuevo les jodió con los cortes de luz y les fundió su querida computadora, entonces una buena opción es hacer pasar el tiempo con una buena lectura. Por lo tanto, a continuación, comentaré los libros que me he leído en este verano y que me gustaron. Espero les guste también ^^

Pandora en el congo


Es el segundo libro escrito por Albert Sanchez Piñol, cuya escritura hace que no quieras soltarlo y seguir leyendo para saber qué sucederá a continuación. Se trata de un aspirante a escritor, que en realidad escribe para otros y éstos se apropian de sus derechos intelectuales. Un día, recibe un extraño encargo: entrevistar a un convicto, condenado a muerte, y escribir sobre lo que vivió en un extraño viaje en el Congo. La historia comienza en 1914 en Inglaterra y mezcla la fantasía con la realidad. Hacia mucho que no leía una novela así, donde dos historias se entremezclan y, al final, es el escritor el que vive la propia historia del prisionero. Si les gustan las historias basadas en una época determinada, pero que contiene algunos toques de magia y fantasía, les recomiendo este libro. No se van a arrepentir :)


Los juegos del hambre



Aquí hablaré del libro, no de la película. Eso sí, primero vi la película y, después de muchos meses de indecisión, al fin conseguí la trilogía. Terminé de leer el primer libro y, la verdad, como siempre pasa en estos casos, el libro explica más cosas que la película ha dejado de lado. Pero bueno, en mi opinión, la película fue muy fiel al libro y espero, muy pronto, que estrenen la segunda parte. En cuanto a la historia, se sitúa en un futuro distópico, con una sociedad decadente y una gran insensibilidad hacia la pobreza y la "desgracia ajena". Primero que nada, "los juegos del hambre" es como un reality show, en que se llevan a un grupo de niños y adolescentes (de entre 12 a 18 años), los lanzan a algún lugar peligroso (como una selva o un desierto) y, ahí, los chicos deben luchar a muerte para sobrevivir. Solo queda un ganador y éste se lleva un montón de dinero y un gran beneficio para su distrito. ¡Ah! en la historia habla sobre doce distritos, que fueron colonizados por el Capitolio, la capital de Panem, situada en América del Norte. Y es aquí donde, aún en el futuro, la autoridad usará el recurso de la alieanción social con programas de tv y más que no reflejan la realidad del mundo, como es el caso de la pobreza. Tienen toda la tecnología para crear animales genéticamente modificados, curar heridas en segundos y alterar el clima... pero no tienen tecnología para ayudar a los  pobres. Si  vieron la película y no leyeron el libro, les recomiendo que empiecen a leerlo, en el caso de que les gustó la historia y lo ven como una denuncia a la sociedad actual y a lo que podemos convertirnos en caso de que no cambien las cosas.


La isla bajo el mar



Y, por supuesto, no podía faltar en mi cabecera la literatura latinoamericana. En este caso se trata de una novela de Isabel Allende, situada en la época de la esclavitud. La historia se centra en una esclava que, de niña, fue vendida a un colono francés para cuidar de su pequeño hijo y de su transtornada esposa. Como pasa en estas situaciones, su amo abusa de ella y, de eso, tuvo dos hijos. El primero fue vendido y, la segunda, quedó a su cuidado. Una novela situada en un acontecimiento histórico, donde también relata la lucha de los esclavos por su liberación y cómo la sociedad castigaba duramente a los negros, oprimiéndolos en todos los sentidos. Si les gustan las novelas de época, basadas en hechos históricos pero con personajes ficticios, entonces recomiendo esta novela. Es una historia atrapante, que te hará derramar una que otra lagrimita y te pondrá en el lugar de los personajes, sintiendo su dolor y pena y, al mismo tiempo, su esperanza de obtener la libertad. 

martes, 10 de julio de 2012

Resumen del libro "Breve historia de los colores" de Michel Pastoureau

A continuación, postearé un breve resumen que hice del libro "Breve historia de los colores", de Michel Pastoureau, publicado en Francia en el 2005. Espero que les guste ;) 



Los colores transmiten códigos, tabúes y prejuicios a los que obedecemos sin ser conscientes de ello. Los colores no son inmutables. Tienen una agitada historia, que se remonta a lo largo del tiempo y que ha dejado huella en nuestro propio vocabulario. Nuestros antepasados tenían una noción del color diferente de la nuestra. No es nuestra percepción sensorial lo que ha cambiado, sino nuestra percepción de la realidad, que activa nuestro conocimiento, vocabulario, imaginación e, incluso, el sentimiento. 



El color favorito de la civilización occidental es el azul. Pero no siempre ha sido así. En la Antigüedad no se consideraba realmente un color. El azul es difícil de fabricar y de dominar y ésa es, sin duda, la razón por la que no tuvo ningún papel en la vida social, religiosa o simbólica de la época. En los siglos XII y XIII, por primera vez, se pintó los cielos de azul. A partir del siglo XII, la Virgen se convierte en la principal promotora del azul. Al cabo de un tiempo el azul se convirtió en una moda aristocrática. A finales de la Edad Media, la oleada moralista que provocaría la Reforma afectó también a los colores: empezó a decidirse qué colores eran dignos y cuáles no. La paleta protestante se articuló alrededor del blanco, negro, gris, pardo y azul. Hoy, cuando alguien dice que le gusta el azul, significa que es una persona sensata, conservadora, que no quiere revelar nada de sí mismo. En cierto modo, hemos regresado a una situación próxima a la Antigüedad: de tan omnipresente y consensuado, el azul vuelve a un color discreto y el más razonable de todos los colores.



En el sistema cromático de la Antigüedad, que giraba en torno a tres polos, el blanco representaba lo incoloro; el negro era lo sucio; y el rojo, el color, el único digno de ese nombre. La supremacía del rojo se impuso en todo Occidente. Era un color admirado y sele confiaba los atributos de poder, es decir los de la religión y la guerra. Este color se impuso porque remitía a dos elementos: el fuego y la sangre. Para la mirada medieval, el brillo de un objeto prima sobre su coloración. Un rojo franco se percibirá como más próximo a un azul luminoso que a un rojo desvaído. Un rojo muy intenso es siempre una señal de potencia, tanto para los laicos como para los eclesiásticos. A partir del siglo XVI, los hombres ya no se vestían de rojo. En los medios católicos las mujeres sí podían hacerlo. Asistimos entonces a un curioso cambio de posiciones: en la Edad Media el azul era más bien femenino y el rojo masculino. Ahora, en cambio, las cosas se invierten y el azul se convierte en masculino y el rojo en femenino. El rojo del poder y la aristocracia se ha mantenido siglos tras siglos, al igual que el rojo revolucionario y proletariado. Así como también el rojo suele asociarse al erotismo y la pasión. 



Cuando pensamos en el blanco, no podemos dejar de sentir una ligera vacilación y preguntarnos si realmente es un color. En las sociedades antiguas, se definía lo incoloro como todo lo que no contenía pigmento. Al convertir el papel en principal soporte de los textos e imágenes, la imprenta introdujo una equivalencia entre lo incoloro y el blanco, y este último pasó a ser considerado como el grado cero del color. Después de mucho debatir entre físicos, al fin se ha vuelto a la sabiduría antigua y volvemos a considerar el blanco como un color con todas las de la ley. En nuestro imaginario asociamos el blanco a la pureza y la inocencia. En casi cualquier punto del planeta, el blanco remite a lo puro, a lo virgen, a lo limpio. Durante siglos, todas las telas que tocaban el cuerpo tenían que ser blancas por razones de higiene, pero también por razones prácticas: cuando se hervían, las telas solían perder el tinte. El blanco era, en cambio, el color más estable y más sólido. El blanco es también la luz primordial, el origen del mundo, el principio de los tiempos. La otra cara de este símbolo es el blanco de la materia indecisa, los fantasmas y los espectros que vienen a reclamar justicia o sepultura. En Occidente, la blancura de la piel siempre ha funcionado como una señal de reconocimiento. A la pequeña nobleza del siglo XVIII le obsesionaba marcar distancias con los campesinos. La expresión “sangre azul” se refiere justamente a esta costumbre: tenían la cara tan pálida y translúcida, que se veían las venas. Los occidentales, en este caso “los blancos”, nos consideramos inocentes, puros, limpios, a veces incluso divinos y hasta sagrados. Los asiáticos, en cambio, ven en nuestra blancura una evocación de la muerte. Nuestros prejuicios sociales se activan según el sentimiento que tenemos de nuestro propio color. 



El verde tenía la particularidad de ser un color inestable. En tinte, esos colorantes aguantan poco en las fibras y los tejidos enseguida adquieren un aspecto descolorido. Y lo mismo ocurre con la pintura: los materiales vegetales se consumen con la luz y las materias artificiales. Aunque dan unos bonitos tonos intensos, son corrosivos. Así resulta que el verde fabricado de esa manera es un verdadero veneno. El simbolismo del verde se ha organizado casi por entero alrededor de esta idea: representa todo lo que se mueve, cambia, varía. Representa la suerte, pero también la mala suerte. Con el paso del tiempo, ha predominado la dimensión negativa: debido a su ambigüedad, este color siempre ha suscitado inquietud. Antes del siglo XVII, a nuestros antepasados nunca se les habría pasado por la cabeza fabricar el verde con el azul y el amarillo. La clasificación de los colores más corriente era la de Aristóteles: blanco, amarillo, rojo, verde, azul, negro. Es el descubrimiento del espectro por parte de Newton lo que nos ha aportado otra clasificación. Los químicos del siglo XVIII presentaron una teoría pseudocientífica que definía unos colores “primarios” (amarillo, azul, rojo) y unos colores “complementarios” (verde, violeta, naranja). Esta tesis llegó a influir en los artistas de los siglos XIX y XX. Curiosamente ha suscitado otra simbología del verde: como éste es considerado “complementario” del rojo, el color de lo prohibido, se ha convertido en su contrario, el color de la permisividad. Hoy, nuestra sociedad urbanita ávida de clorofila lo ha convertido en símbolo de libertad, juventud, salud. De hecho, nuestras sociedades contemporáneas han llevado a cabo una gran revalorización del verde, que en otros tiempos era el color del desorden y la transgresión: ahora, en cambio, es el color de la libertad. 



En la Antigüedad, el color amarillo era bastante apreciado. En las culturas no europeas como Asia y América del Sur, el amarillo siempre ha tenido una connotación positiva. En la edad Media, el color dorado absorbió los símbolos positivos del amarillo, todo lo que evoca el sol, la luz, el calor, la vida, la energía y la alegría. En cambio, el amarillo, se ha convertido en un color apagado, triste, que recuerda al otoño, la decadencia, la enfermedad. A mediados del periodo medieval, en todo Occidente el amarillo se convierte en el color de los mentirosos, de los embusteros, de los tramposos, pero también en el color del ostracismo, que se impone a las personas a las que se quiere condenar o excluir. En las décadas de 1860-1880 la paleta de los pintores cambia: pasan de la pintura en el estudio a la pintura en el exterior, y hay otro cambio cuando se pasa del arte figurativo al semifigurativo. Es también el momento en que el arte se escuda en la ciencia y afirma que hay tres colores primarios: azul, rojo y amarillo que, al contrario que el verde, se ve bruscamente revalorizado. Los colores reflejan los cambios sociales, ideológicos y religiosos, aunque también quedan presos de las mutaciones técnicas y científicas. Esto entraña gustos nuevos e, inevitablemente, miradas simbólicas diferentes. 



El negro forma, igual que el blanco, banda aparte en nuestra historia. Espontáneamente pensamos en sus aspectos negativos: los temores infantiles, las tinieblas y la muerte. Pero existe asimismo un negro más respetable, el de la templanza, humildad, austeridad, el que llevan los monjes e impuso la Reforma. Y hoy conocemos otro negro, el de la elegancia. La Reforma declaró la guerra a los tonos vivos y profesaba una ética de la austeridad y lo oscuro. El negro se convierte entonces en un color de moda no solamente entre los eclesiásticos, sino también entre los príncipes. El negro elegante de los trajes de gala es una herencia directa del negro principesco del Renacimiento. En Asia, aunque el negro también se asocia a la muerte, el duelo se lleva vestido de blanco porque el difunto se transforma en un cuerpo de luz. En Occidente, el difunto regresa a la tierra, se convierte en cenizas, parte por lo tanto hacia el negro. El cristianismo ha cultivado este símbolo y siempre ha asociado al duelo con lo oscuro. Tanto el negro como el blanco se han visto apartados del mundo de los colores. En primer lugar, la teoría del color “luz”, que se desarrolló a finales de la Edad Media. Luego, la aparición de la imagen grabada y de la imprenta impuso poco a poco la pareja negro-blanco. En ese mismo momento, la Reforma privilegió esos dos colores y los distinguió de los otros en nombre de la austeridad. El tercer cambio: la ciencia, una vez más, se metió en el asunto. Al descubrir la composición del espectro del arcoíris, Newton estableció un cortinado de colores (violeta, índigo, azul, verde, amarillo, anaranjado, rojo) que, por primera vez, excluye el negro y el blanco. Lo sorprendente de esta pareja es que tienen la capacidad de describir por sí sola la realidad, a condición de declinar el conjunto de gris entre ambos colores. Hoy, los científicos y artistas reconocen que el negro es, al igual que el blanco, un color de pleno derecho. 



Para la cultura europea, hay seis colores principales: azul, rojo, blanco, verde, amarillo y negro. Un color es una categoría intelectual, un conjunto de símbolos. La prueba es que los seis colores de base son los únicos que no tienen referentes. Se definen de modo abstracto sin necesitar una referencia en la naturaleza, a diferencia de los “semicolores”: el violeta, el rosado, el naranja y el marrón. Esos cuatro semicolores deben su nombre a un fruto o a una flor. Al violeta, en latín medieval, se le llamaba “subniger”, es decir, seminegro. Se identificaba, lógicamente, con el medio duelo, el que se aleja en el tiempo. El violeta es el color litúrgico de la penitencia, del Adviento y del Cuaresma. Se ha convertido tardíamente en el color de los obispos. Es poco habitual en la naturaleza y bastante vulgar cuando se fabrica artificialmente. Es difícil reproducir los bellos tonos naranja de la naturaleza. Los naranjas que fabricamos artificialmente siempre son chillones. La palabra “anaranjado” nació en Occidente en el siglo XV con la importación de los primeros naranjos. Hoy se han trasladado a este color las virtudes del oro y del sol: calor, alegría, vitalidad y salud. El rosado no tuvo una existencia muy definida durante mucho tiempo. Llevado en el romanticismo, el rosa adquirió su simbolismo en el siglo XVIII: el de la ternura, la feminidad, la suavidad, con su vertiente negativa: la cursilería, el empalado. De nuestros once colores y semicolores, el marrón es el menos apreciado, aunque abunda en la naturaleza. La palabra “marrón” apareció en el siglo XVIII, derivando de la castaña. Este semicolor posee pocos aspectos positivos, a menos que tomemos la humildad y la pobreza como virtudes, que es lo que hacen algunas órdenes monásticas. La palabra gris es antigua y posee un doble simbolismo. Para nosotros evoca la tristeza, la melancolía, el aburrimiento, la vejez. Pero en una época en que la vejez no estaba tan desvalorizada, remitía por el contrario a la sabiduría, a la plenitud, al conocimiento. 



Al ir añadiéndoseles cada vez más capas de símbolos, los colores han terminado perdiendo parte de su fuerza. Nuestros colores son categorías abstractas sobre las cuales la técnica no tiene mucha influencia. Es bueno conocer sus significados, pues condicionan nuestro comportamiento y nuestra manera de pensar. 

Imágenes extraídas de internet y de diversos animes: fanart de un ángel, Sailormoon,  Tokyo Babylon, Arakawa under the bridge, Durarara y Code geass ^^